
Hace un par de días caminaba por los alrededores de Plaza Catalunya, en Barcelona, hacia el mediodía. Sí, debió ser el lunes.
El semáforo me detuvo en la acera de Ronda Universitat, donde esperé pacientemente a que el disco cambiara a verde. Y, de pronto, un señor se paró a mi izquierda, algo perfectamente anodino porque se trataba del cruce de una calle con el sémaforo en rojo.
En otras circunstancias no me habría ni percatado de su presencia, pero el otro día éramos pocos los que esperábamos para cruzar la avenida. Así que, como yo lo miro todo, noté su llegada y giré mi cabeza hacia la izquierda y le vi. Se trataba de un hombre tranquilo, que no desprendía ningún olor especial -ni bueno ni malo- y que, si le mirabas a la cara, no mostraba señales aparentes de transtorno mental.
Pero iba completamente desnudo, absolutamente, y descalzo, portando en la mano una especie de rama-bastón y, colgando del hombro, una bolsa. A pesar de tener facciones caucasianas, parecía un aborigen australiano fuera de lugar y de tiempo, perdido en la selva de asfalto. Y nadie le miraba, es decir, sí, le mirábamos todos pero a la vez todos nos comportábamos como si nada extraño sucediese.
El semáforo me detuvo en la acera de Ronda Universitat, donde esperé pacientemente a que el disco cambiara a verde. Y, de pronto, un señor se paró a mi izquierda, algo perfectamente anodino porque se trataba del cruce de una calle con el sémaforo en rojo.
En otras circunstancias no me habría ni percatado de su presencia, pero el otro día éramos pocos los que esperábamos para cruzar la avenida. Así que, como yo lo miro todo, noté su llegada y giré mi cabeza hacia la izquierda y le vi. Se trataba de un hombre tranquilo, que no desprendía ningún olor especial -ni bueno ni malo- y que, si le mirabas a la cara, no mostraba señales aparentes de transtorno mental.
Pero iba completamente desnudo, absolutamente, y descalzo, portando en la mano una especie de rama-bastón y, colgando del hombro, una bolsa. A pesar de tener facciones caucasianas, parecía un aborigen australiano fuera de lugar y de tiempo, perdido en la selva de asfalto. Y nadie le miraba, es decir, sí, le mirábamos todos pero a la vez todos nos comportábamos como si nada extraño sucediese.
En principio yo fui la única que hizo evidente su presencia, porque inmediatamente cambié el sitio de espera del semáforo y me alejé de él. También inmediatamente no me sentí bien por haberme cambiado de lugar, aunque fue un acto reflejo, de autoprotección ante lo diferente, lo desconocido y el no saber cómo puede reaccionar una persona que se dirige de una forma tan al margen de lo establecido por nuestra sociedad. Digamos que mi reacción fue instintiva, la llamada animal de supervivencia ancestral me hizo cambiarme de sitio. No fue una cuestión de moral ni de represión sexual, ni de veto ante la libertad de los demás, de eso estoy segura. Pero me cambié de sitio y, con ello, al menos manifesté que había visto a ese hombre, que existía y que algo nos está pasando en nuestra sociedad si todo el mundo finge que no lo ve, y que no pasa nada porque un hombre se pasee desnudo por la ciudad.
Probablemente ese señor tenga sus fuertes convicciones y reivindique el derecho a andar desnudo o con lo que se le antoje ponerse. Pero quizás lo que pasa es que ha llegado a un punto en el que reniega de la filosofía impersonal en la que estamos sumidos en el mundo occidental y con su desnudez hace un acto de protesta. O quizás su mente está ya fuera de este mundo. No lo sé. Pero lo que creo es que no podemos mirar sin querer ver los problemas de las demás personas que nos rodean, porque son los nuestros propios. Porque quizás nosotros no somos tan valientes como el caminante desnudo para protestar contra las reglas de un juego que no nos gusta desde hace tiempo. Que nos aísla y nos convierte en meros peones de un ajedrez que no controlamos.
La noche que siguió a aquella mañana hablé con B. y, sin habernos explicado antes nada sobre el caminante desnudo, me dijo fascinado: "Mira, ¡te tengo que enseñar unas fotos!". Activó su cámara digital y allí vi al paseante aborigen occidental al que B. le había tomado unas instantáneas desde el balcón de su casa. A lo largo del día, el caminante había recorrido desnudo toda la ciudad, sin que lo detuviera la policía por escándalo público, de lo cual me alegro profundamente porque ello denota que la desnudez ya no escandaliza a nuestra sociedad como hace 20 años.
Pero el hecho de que el señor desnudo hubiera campado sin problemas por la ciudad durante todo el día, también me hace reflexionar sobre lo impersonales que nos estamos volviendo, porque ya ni miramos al que tenemos justo al lado, y si le hemos visto, no nos importa lo más mínimo que le suceda. Si te he visto no me acuerdo, que dicen.
Al menos, el que gente como B o como yo misma nos sigamos sorprendiendo por situaciones como ésta me hace pensar que quizás seamos muchos más los que no soportemos el rumbo excesivamente individualista, socialmente egoísta de las cosas.
* Foto de Boris Matijas